Nos sentamos a una mesa de Superfuüd, entre Marco Aurelio, el estoico, y Epicuro, el hedonista. Nos disponemos a observar el fenómeno social que se ha bautizado con el término de looksmaxxing desde el punto de vista de quien contempla la realidad con una aspiración de equilibrio y mesura. Y lo primero, lógicamente, es preguntarse: ¿qué es el looksmaxxing?
A grandes rasgos, se trata de una corriente contemporánea que concibe el atractivo físico no como un don del azar o un rasgo subjetivo, sino como un sistema matemático susceptible de ser optimizado hasta el límite. El término bebe directamente de la jerga de los videojuegos de rol: así como un jugador busca «maximizar» las estadísticas de ataque o armadura de su personaje (min-maxing), el individuo contemporáneo se propone maximizar su valor estético mediante intervenciones disciplinadas.
La taxonomía del fenómeno distingue dos niveles bien definidos. Por un lado, el softmaxxing, que engloba prácticas accesibles como cuidar la higiene dérmica, encontrar un corte de pelo favorecedor, vestir con acierto o entrenar en el gimnasio para mantenerse ágil y en forma. Por el otro, el hardmaxxing, donde el autocuidado cruza la frontera de lo quirúrgico o farmacológico: limado y osteotomía ósea, implantes de mandíbula, uso de anabolizantes o intervenciones drásticas para modificar la estructura anatómica.
La estirpe digital: de la periferia a la corriente principal
Para entender el alcance real del fenómeno conviene rastrear su genealogía. El looksmaxxing no nació en las consultas de medicina preventiva ni en los departamentos de diseño, sino a mediados de la década de 2010 en foros marginales de internet vinculados a las comunidades incel (Lookism.net o Incels.me). En aquellos tablones de mensajes, donde la desazón existencial se articulaba a través del determinismo biológico más crudo, se consolidó la creencia de que el éxito vital y el afecto estaban condicionados de forma inflexible por la simetría craneal y las proporciones óseas.
Lo verdaderamente significativo no es el origen subterráneo de estas ideas, sino la velocidad con que el ecosistema de las plataformas —TikTok, YouTube, Instagram— despojó al concepto de sus connotaciones más oscuras para empaquetarlo como una tendencia de estilo de vida de consumo masivo. En apenas un lustro, el argot de unos pocos foros se ha normalizado entre jóvenes de todo el mundo. Hoy proliferan aplicaciones respaldadas por algoritmos de visión artificial que escanean los rostros, evalúan el ángulo de su mandíbula con precisión de décimas y señalan qué asimetrías faciales deberían corregirse mediante ejercicios específicos o productos de cosmética.
Causas y contextos: el refugio de la certidumbre corporal
Sería reduccionista despachar esta corriente como una simple extravagancia o un arrebato de vanidad exacerbada. Los fenómenos de masas rara vez surgen en el vacío; suelen ser síntomas visibles de tensiones estructurales mucho más profundas.
El looksmaxxing arraiga con especial intensidad en las franjas demográficas más jóvenes porque ofrece una promesa de control en un momento socioeconómico marcado por la incertidumbre. En un tiempo en que las coordenadas tradicionales de estabilidad —el acceso a la vivienda, la carrera profesional o la confianza en las instituciones— se perciben esquivas o erosionadas, el propio organismo se erige como el último territorio gobernable. No está en manos de una persona decidir el rumbo del mercado inmobiliario, pero sí puede someter su anatomía a un protocolo estricto: programar rutinas de fuerza, realizar mewing (la recolocación consciente de la lengua en el paladar para definir la línea maxilar), registrar el gramaje de cada ingesta y contabilizar los ciclos de descanso.
A ello se suma la digitalización radical del vínculo afectivo y social. En las aplicaciones de citas y en los escaparates de las redes, la presencia física se comprime en una imagen fija que debe ser validada o descartada en una fracción de segundo. En ese contexto, optimizar la propia imagen deja de ser un capricho frívolo y se percibe, erróneamente, como una póliza de seguro contra la invisibilidad.
El riesgo del extravío: cuando el medio anula el fin
Llegados a este punto de la conversación, nuestros dos acompañantes clásicos levantarían la vista del mantel con un punto de perplejidad.
Marco Aurelio asentiría ante la noción de disciplina. El emperador estoico comprendía perfectamente el valor del autodominio, el cultivo de la sobriedad y la importancia de no dejarse arrastrar por la desidia. Pero recordaría de inmediato que el cuerpo es un instrumento al servicio del carácter y de la razón, jamás un fin en sí mismo. Cuando el cuidado físico deja de ser una herramienta para vivir con dignidad cívica y se transforma en una obsesión narcisista o en una fuente constante de angustia, la disciplina degenera en tiranía interna. Quien mide obsesivamente sus facciones temiendo el juicio ajeno no está practicando la virtud estoica: está entregando su serenidad a la opinión de los demás.
Por su parte, Epicuro —tan a menudo malinterpretado como un apologista del desenfreno, cuando su filosofía era ante todo una oda a la sencillez y al sosiego del ánimo— sonreiría con compasión ante la rigidez de los manuales optimizadores. Para la escuela epicúrea, el propósito fundamental de la existencia es la ataraxia: la tranquilidad del alma y la ausencia de dolor corporal. Masticar gomas de resina hasta contracturar los maseteros, pesarse varias veces al día o privarse de una comida compartida por miedo a exceder el número de calorías, es someterse a una servidumbre voluntaria que destruye la paz mental.
El problema no es aspirar a un cuerpo fuerte, sano, atlético y de aspecto vigoroso. Sentirse a gusto en la propia piel y procurar una silueta saludable es un anhelo noble y comprensible. El extravío se produce cuando el proceso se despoja de toda alegría y se confunde el bienestar con una auditoría perpetua.
El retorno a la justa medida
Entre la severidad del estoicismo mal entendido y el hedonismo desenfocado, la respuesta razonable vuelve a residir en la vieja sabiduría aristotélica: la virtud como justo término medio entre el defecto del abandono y el exceso de la obsesión.
El cuerpo humano no es una máquina industrial que deba ajustarse con un calibre de precisión, ni un diseño digital necesitado de constantes parches de rendimiento. Es un organismo vivo, sujeto al paso del tiempo, a la memoria y a la experiencia del mundo. Cuidarlo no exige vivir en estado de excepción permanente, sino adoptar un criterio sereno y constante.
Esa es la perspectiva que defendemos desde la mesa de Superfuüd. Comer con sentido común —eligiendo ingredientes frescos, ecológicos y de proximidad que nutren el cuerpo sin artificios—, entrenar para disfrutar del movimiento y compartir la sobremesa sin el peso de la culpa constituyen la verdadera salud. Ni la negligencia descuidada que renuncia al vigor, ni el delirio calculador que olvida el placer de respirar hondo. En el punto exacto de fricción entre Marco Aurelio y Epicuro, la mesura nos recuerda que la mejor versión de uno mismo nunca fue una cifra geométrica, sino la serena capacidad de vivir en armonía con lo que somos.
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