En la mayoría de los casos vivimos, conscientemente o no, bajo la tiranía de la optimización. La filosofía contemporánea lleva tiempo advirtiendo de que esta forma de vivir no es inocua. En “La sociedad del cansancio”, Byung-Chul Han sostiene que hemos sustituido las viejas formas de disciplina por una exigencia mucho más difícil de detectar: la de aprovechar permanentemente nuestras capacidades. Ya no hace falta que nadie nos obligue a producir más, aprender más o experimentar más. Somos nosotros quienes, con la mejor de las intenciones, convertimos cada minuto en una oportunidad para hacer algo útil. Incluso el descanso acaba sometido a esa lógica. Descansamos para rendir mejor. Viajamos para aprovechar el viaje. Paseamos para cumplir un itinerario. Comemos para volver cuanto antes a lo importante.
Y, sin embargo, hay algo profundamente humano que no responde bien a la lógica de la optimización.
La curiosidad, por ejemplo.
No puede programarse una conversación que cambia nuestra forma de pensar. Tampoco ese pequeño restaurante que descubrimos porque nos equivocamos de calle, el banco desde el que contemplamos una plaza durante media hora sin mirar el reloj o la librería en la que entramos únicamente porque el escaparate nos llamó la atención. Son experiencias que tienen algo en común: ninguna figuraba en el plan inicial.
Quizá por eso el sociólogo suizo Lucius Burckhardt defendía el paseo como un ejercicio de percepción antes que de desplazamiento. La promenadología —la disciplina que desarrolló en la Universidad de Kassel— no pretendía enseñar a caminar, sino a mirar. A comprender que el modo en que recorremos un lugar condiciona también el modo en que lo experimentamos. No es casual que, mucho antes, Baudelaire imaginara al flâneur como ese paseante que deambula sin otra finalidad que dejarse afectar por la ciudad. Ni que Walter Benjamin viera en esa figura a alguien capaz de descubrir lo extraordinario escondido en lo aparentemente cotidiano.
Quizá la pausa sea precisamente eso. No un paréntesis entre dos actividades importantes, sino el momento en el que dejamos de perseguir el siguiente objetivo y volvemos a estar disponibles para que ocurra algo que no habíamos planificado.
Y pocas pausas hay tan universales como la de la comida.
No porque sea un descanso en la agenda, sino porque representa una de las pocas ocasiones del día en las que todavía podemos decidir cómo queremos habitar el tiempo. Podemos convertirla en un trámite que resolvemos frente a una pantalla o en un pequeño territorio libre de productividad. En una sucesión de minutos que pasan desapercibidos o en un espacio donde recuperar algo que la prisa suele arrebatarnos: la atención.
No se trata de reivindicar la lentitud como un nuevo ideal ni de convertir la pausa en otra obligación. Sería caer, una vez más, en la misma trampa. La cuestión no es pasear más, apagar el teléfono o renunciar a la tecnología. Tampoco hacer de cada comida un ejercicio de contemplación. La cuestión es mucho más sencilla y, quizá por eso, más difícil: recuperar el derecho a que no todo tenga que servir para algo. Hay momentos cuyo valor reside precisamente en que no producen un resultado medible. Son pequeñas interrupciones de la lógica de la eficiencia, espacios donde dejamos de preguntarnos si estamos aprovechando bien el tiempo para empezar, simplemente, a vivirlo.
La pausa de la comida tiene algo de todo eso si la contemplamos como un momento del día en el que el tiempo deja de organizarse alrededor de una tarea y se pliega en torno a una experiencia. Comer no consiste únicamente en alimentarse. Es una forma de detener el ritmo, de volver al cuerpo, de mirar a quien tenemos delante o, sencillamente, de observar por la ventana mientras el mundo continúa su marcha. No porque hacerlo nos vaya a convertir en personas más productivas o más creativas al volver al trabajo, sino porque hay experiencias que no necesitan justificarse por la utilidad que generan.
En una época que parece invitarnos a optimizar cada rincón de nuestra vida, quizá el gesto verdaderamente contemporáneo no consista en hacer más cosas, sino en defender el derecho a que no cada instante tenga que convertirse en un proyecto de optimización. La pausa no es tiempo perdido; es el lugar donde recuperamos la posibilidad de que ocurra algo que no estaba previsto. Y la comida, entendida no como un producto sino como una experiencia compartida, puede seguir siendo una de las formas más sencillas y más profundas de ejercer esa resistencia serena.
Artículos similares



