Happy multi ethnic friends laughing and walking together in a city street
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¿Hacer amigos se ha convertido en algo que tenemos que organizar…?

6 minutos de lectura
Tradicionalmente, hacer amigos no era algo que uno programara, solo sucedía. Las amistades nacían de una circunstancia en apariencia insignificante: compartir pupitre, barrio, vacaciones o tiempo. Sin embargo, hoy existen aplicaciones, clubes y servicios cuya función es crear las condiciones para que dos desconocidos puedan llegar a ser amigos.

En marzo de este año, El País dedicaba un reportaje a lo que algunos sociólogos han empezado a llamar la «economía de la amistad»: plataformas que organizan cenas entre desconocidos, clubes de lectura o de running, actividades compartidas e incluso servicios en los que es posible contratar compañía por horas. Algunas funcionan mediante suscripción; otras cobran por cada encuentro. Timeleft, por ejemplo, reúne a desconocidos alrededor de una mesa; We Are Mussa organiza actividades para personas que quieren ampliar su círculo social; AlquiFriend permite buscar compañía para correr, pasear, conversar o realizar otras actividades.

Nunca habíamos dispuesto de tantas herramientas para comunicarnos y, sin embargo, empieza a existir un mercado dedicado a ayudarnos a que nos encontremos fuera del ámbito digital.

Cuando la amistad necesita una agenda

Hacer amigos en la infancia y la adolescencia tiene una ventaja que rara vez apreciamos mientras sucede: pasamos muchísimo tiempo cerca de las mismas personas. Colegio, instituto, universidad, barrio, actividades deportivas, vacaciones familiares. La repetición hace buena parte del trabajo.

La vida adulta cambia esas condiciones. Nos mudamos, cambiamos de empleo, trabajamos desde casa, atravesamos etapas vitales distintas y organizamos jornadas en las que casi todo tiene asignada una función. Incluso conservar a los amigos que ya tenemos exige una pequeña proeza logística: encontrar un rato libre entre trabajo, hijos, compromisos familiares, gimnasio, desplazamientos y agendas que rara vez coinciden. No es extraño que conocer gente nueva resulte todavía más difícil.

Un reciente artículo sobre amistad adulta publicado por Real Simple recuperaba una expresión utilizada en psicología social: forced proximity, la proximidad obligada. Gran parte de las amistades que parecían surgir espontáneamente cuando éramos jóvenes tenían en realidad un ingrediente fundamental: coincidíamos una y otra vez con las mismas personas. La familiaridad crecía antes incluso de que decidiéramos conscientemente que alguien nos gustaba.

La cuestión, entonces, quizá no sea que hayamos perdido la capacidad de hacer amigos. Tal vez hayamos perdido algunas de las circunstancias que permitían que la amistad apareciera sin buscarla.

Algo parecido ocurre durante las vacaciones. El País analizaba este verano por qué los adultos parecemos relacionarnos con mayor facilidad cuando viajamos. En un camping, una excursión, una playa o un viaje compartido se debilitan temporalmente algunas de las barreras que organizan nuestra vida habitual. Tenemos más tiempo, estamos fuera de nuestros círculos conocidos y nos mostramos más disponibles para conversar. Una persona con la que en la vida cotidiana intercambiaríamos apenas unas palabras puede convertirse durante unos días en compañera habitual de paseos, sobremesas o confidencias.

El lado menos amable de la historia

Pero detrás de esta nueva economía de la amistad existe una realidad que merece ser mirada sin frivolidad.

En España, el 25,5% de los jóvenes de entre 16 y 29 años afirma sentirse solo en el momento actual, según el estudio sobre juventud y soledad no deseada promovido por el Observatorio Estatal de la Soledad No Deseada de Fundación ONCE en colaboración con Ayuda en Acción. Cuando se pregunta si se han sentido solos alguna vez en su vida, el porcentaje asciende al 69%.

Por su parte, el informe Desconexión y futuro, publicado por Ayuda en Acción este verano, señala que, entre los jóvenes que se muestran insatisfechos con su ocio, el 22,6% manifiesta que pasa demasiado tiempo solo o sin compañía. El estudio no habla únicamente de aislamiento, sino de las condiciones que lo rodean: precariedad, falta de recursos, dificultades de emancipación y desaparición de espacios comunitarios donde encontrarse sin que cada encuentro implique necesariamente consumir.

Hay además una dimensión difícil de cuantificar: la vergüenza de la soledad.

Decir «no tengo amigos» no tiene socialmente el mismo significado que decir «no tengo pareja». La ausencia de pareja puede ser circunstancial, voluntaria e incluso reivindicarse como una elección. Reconocer que no se tienen amigos puede sentirse, en cambio, como la confesión de un fracaso personal. Existe el miedo a despertar lástima, a ser objeto de burla o a provocar una sospecha particularmente cruel: si nadie quiere estar con esa persona, por algo será. Ayuda en Acción señalaba ya en un estudio anterior que solo una de cada tres personas jóvenes que experimentan soledad se siente cómoda pidiendo ayuda.

Conviene detenerse ante estos datos, aunque solo sea un momento. Una sociedad capaz de comunicarse instantáneamente con cualquier punto del planeta debería preguntarse qué está ocurriendo cuando una parte de sus jóvenes no encuentra a quién llamar para compartir una tarde.

¿Dónde ocurre ahora lo inesperado?

Hay otra transformación menos evidente. Muchos de los espacios donde tradicionalmente se construían relaciones de manera informal se han debilitado o desaparecido.

El barrio, el comercio de proximidad, la plaza, el parque, los centros juveniles o determinados lugares de ocio cumplían una función que iba mucho más allá de aquello para lo que supuestamente existían: eran también espacios que nos llevaban a coincidir con otras personas.

El informe Desconexión y futuro, mencionado antes, habla precisamente del empobrecimiento de la vida comunitaria y de la pérdida de espacios en los que el tejido social se construía de manera natural. Los jóvenes que participaron en la investigación describen una reducción de los lugares públicos, abiertos y accesibles en los que simplemente estar con otras personas. Y cuando el ocio depende cada vez más de la capacidad de consumo, también disminuyen las posibilidades de encontrarse para quienes disponen de menos recursos.

En ese contexto, las aplicaciones y clubes para conocer personas adquieren otro significado. Resulta fácil observarlos como una extravagancia contemporánea —¿de verdad necesitamos una app para hacer amigos?—, pero quizá estén intentando resolver una necesidad que antes atendían otras estructuras sociales.  Timeleft utiliza un algoritmo, sí, pero la cuestión es que coloca a varias personas alrededor de una mesa. Una comunidad puede empezar en Instagram y terminar reuniendo a veinte desconocidos para correr por un parque. Una aplicación puede facilitar el primer contacto, pero la conversación, la afinidad, la confianza y finalmente la amistad siguen necesitando presencia y tiempo.

Una mesa es un estupendo lugar para celebrar una amistad o, ¿por qué no?, para iniciarla. Por ejemplo, una de las grandes mesas de Superfuüd, que por su tamaño y disposición invitan a compartir espacio y facilitan la conversación entre personas que no han llegado juntas. A veces basta una pregunta, un comentario sobre lo que está comiendo la persona de al lado o una coincidencia repetida para empezar a hablar. No todas esas conversaciones conducirán a una amistad, por supuesto, pero al menos existen lugares donde esa posibilidad sigue abierta.


FUENTES

El País – 20 de marzo de 2026 – Paola Mendoza
¿Pagarías por una suscripción para hacer amigos? El mercado de la amistad se abre espacio en España

Real Simple – 11 de agosto de 2026 – Lauren Dehollogne
Why Is It So Hard to Make Friends as an Adult? Therapists Reveal What’s Getting in the Way

El País – 12 de julio de 2026 – Enrique Rey
“En verano hacemos más amigos al caer las barreras sociales”: ¿por qué los adultos socializamos más en vacaciones?

Observatorio Estatal de la Soledad No Deseada
Estudio sobre juventud y soledad no deseada en España
Ayuda en Acción
Informe Desconexión y Futuro