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Comer y filosofar, todo es empezar…

9 minutos de lectura
En esta ocasión nos detenemos a reflexionar junto al filósofo Eduardo Infante, autor del libro “Salvar a Sócrates”. Te invitamos a disfrutar de esta entrevista como lo harías de tu plato favorito… ¡sin dejarte ni una miga!
El filósofo Eduardo Infante

Pregunta.- Eduardo, háblanos un poco de tu libro “Salvar a Sócrates”, y de por qué no debería faltar en nuestro menú de lectura.

Respuesta.- Salvar a Sócrates es una novela juvenil de aventuras, pero también una invitación a descubrir que la filosofía puede ser algo apasionante. Sus protagonistas son dos adolescentes de nuestro tiempo que terminan en la Atenas del año 399 a. C. con una misión aparentemente sencilla: salvar a Sócrates de su condena a muerte. Por el camino descubrirán algo mucho más importante: quizá a Sócrates no haya que salvarlo de la muerte, sino del olvido.

Me gustaría que quien termine el libro tenga ganas de hacer lo mismo que hacía Sócrates por las calles de Atenas: preguntar, desconfiar de las respuestas demasiado fáciles y examinar su propia vida. En una época en la que tenemos respuestas para casi todo a golpe de pantalla, necesitamos recuperar el valor de las buenas preguntas.

A lo largo de la novela los personajes se ven obligados a discutir qué es la verdad, qué significa vivir bien, por qué merece la pena defender ciertas ideas aunque tenga un precio. En ese sentido, el libro se parece un poco a esas historias en las que un joven descubre que la realidad es mucho más extraña de lo que parecía: a veces llega una carta inesperada que cambia tu destino; otras veces descubres que los dioses antiguos siguen merodeando por el mundo. Porque la filosofía no es una asignatura polvorienta, sino una aventura intelectual. Harry Potter enseñó a millones de jóvenes a amar la magia; quizá ya es hora de que alguien les enseñara a amar la filosofía con la misma pasión. Porque el futuro de la democracia nos va en ello.

 

P.- Dices que filosofar es defender las entrañas de la libertad y atreverse a pensar por uno mismo, ¿cómo se aplica eso a lo que comemos?

R.- También comemos ideas. Cuando elegimos un alimento creemos estar tomando una decisión puramente personal, pero alrededor de esa elección hay publicidad, modas, intereses económicos, hábitos familiares, prisas y algoritmos diciéndonos qué es saludable, qué debemos evitar o incluso qué cuerpo deberíamos tener.

Pensar por uno mismo significa detenerse un momento y preguntarse: ¿por qué como esto?, ¿quién me ha convencido de que lo necesito?, ¿qué relación quiero tener con mi cuerpo y con la comida? La libertad comienza muchas veces con algo tan sencillo y tan difícil como preguntarnos de dónde proceden nuestros deseos.

Sócrates comparaba las opiniones erróneas con alimentos en mal estado: del mismo modo que una comida puede enfermar el cuerpo, una mala idea puede enfermar el alma. No solo somos lo que comemos sino también aquello que creemos: nuestras opiniones orientan nuestros deseos, decisiones y acciones. Una opinión falsa sobre lo justo, lo bueno o lo conveniente puede llevarnos a vivir mal creyendo que vivimos bien. Una idea equivocada corrompe nuestro juicio y, con él, nuestra manera de vivir.

 

P.- Desde la reflexión filosófica, ¿cómo se interpreta que un porcentaje significativo de personas en los países llamados “desarrollados”, padezcan desórdenes nutricionales? ¿Puede tener que ver con eso de no pensar por uno mismo?

R.- Creo que sería injusto reducir los trastornos alimentarios a una falta de pensamiento crítico. Son problemas complejos en los que intervienen factores psicológicos, sociales y culturales. Pero la filosofía sí puede ayudarnos a examinar el mundo en el que aparecen.

Vivimos en sociedades que convierten casi todo en objeto de consumo y, al mismo tiempo, someten nuestros cuerpos a una vigilancia permanente. Se nos invita a consumir sin descanso mientras se nos exige controlar obsesivamente nuestro aspecto. Basta abrir una red social para encontrarnos cuerpos perfectos, dietas milagrosas, alimentos prohibidos y promesas de transformación.

Quizá deberíamos recuperar una vieja pregunta griega: ¿qué significa cuidarse?.

 

P.- Parece que cada vez es más cierta esa frase de Blaise Pascal que dice que «Todas las desgracias del hombre derivan de una sola cosa: el no saber permanecer en reposo en una habitación». Quizás el único resquicio de “tranquilidad” que nos queda sea el tiempo que dedicamos a alimentarnos, ¿o ni siquiera eso, Eduardo?

R.- Me temo que tampoco hemos dejado a salvo la mesa. Comemos mirando el móvil, contestando mensajes, viendo una serie o pensando en lo siguiente que tenemos que hacer. Incluso hemos conseguido convertir el desayuno en una tarea que hay que optimizar.

Y es una pena, porque comer podría ser precisamente una escuela de atención. Sentarse, conversar, saborear, esperar. Los griegos sabían muy bien que alrededor de una mesa no solo se alimenta el cuerpo. El symposion era también un lugar para la amistad y la conversación. Quizá una pequeña forma de resistencia consista en algo tan sencillo como preocuparse más de con quién se come que de lo que se come.

 

P.- Para tus momentos de “pensar”, ¿tienes alguna rutina especial relaciona con la comida? ¿Crees que hay alimentos que ayudan a filosofar mejor?

R.- No conozco ningún alimento que garantice buenos pensamientos. Si existiera, debería ser obligatorio en los parlamentos. Mi rutina para pensar es bastante más antigua y barata: caminar.

Hay una relación muy estrecha entre paseo y filosofía. Sócrates filosofaba recorriendo Atenas; Aristóteles y sus discípulos fueron conocidos como peripatéticos; Nietzsche llegó a decir que solo tenían valor los pensamientos que se tenían caminando. A mí muchas ideas se me ordenan mientras paseo. Y después del paseo, eso sí, un buen vino ayuda.

 

P.- Si un cerebro sin pensamiento es como un día sin pan, ¿en qué condiciones alimenticias debe de estar nuestra mente…?

R.- Con hambre. Una mente que cree que ya lo sabe todo deja de aprender.

Sócrates representa precisamente esa disposición. Su famosa sabiduría consiste en reconocer los límites de lo que sabe. Por eso creo que una mente bien alimentada necesita libros, conversaciones, experiencias y personas que piensen de manera distinta a nosotros. Últimamente hacemos justo lo contrario: los algoritmos nos sirven continuamente opiniones que coinciden con las nuestras. Es intelectualmente muy cómodo, pero una dieta compuesta únicamente por aquello que nos da la razón termina produciendo una especie de obesidad mental.

 

P.- Dejando la comida aparte, dices que hemos desarrollado una relación muy inmadura con el malestar. Que nos cuesta soportar el aburrimiento, el silencio o la frustración. ¿Qué consecuencias tiene eso para el bien vivir?

R.- Muchas. Hemos empezado a interpretar cualquier malestar como una anomalía que debe desaparecer inmediatamente. Si nos aburrimos, sacamos el móvil; si estamos tristes, buscamos una distracción; si alguien nos incomoda, dejamos de escucharlo; si algo requiere demasiado esfuerzo, buscamos un atajo.

El problema es que una vida humana contiene inevitablemente aburrimiento, frustración, incertidumbre, espera, fracaso y dolor. Pretender eliminarlos por completo nos hace paradójicamente más frágiles, y menos humanos.

Los filósofos antiguos entendieron la filosofía como una preparación para afrontar la existencia. No prometían una vida sin dificultades. Enseñaban a vivir de tal manera que las dificultades no decidieran por nosotros. Creo que necesitamos recuperar algo de esa madurez, y de esa libertad.

 

P.- Leer a los clásicos es una receta tradicional para desarrollar un pensamiento crítico e independiente, del que estamos tan necesitados hoy en día. Pero hablando de “clásicos” gastronómicos, ¿cuál es ese al que no te puedes resistir?

R.- Aquí abandono inmediatamente toda pretensión filosófica: una buena tortilla de patatas. Y entro voluntariamente en uno de los grandes debates metafísicos de España: con o sin cebolla. Mi abuelo, unos de mis filósofos de cabecera, decía que existen dos clases de hombres: los que les gusta la tortilla de patata con cebolla y los que no tienen ni idea de la vida.

Hay algo que me gusta especialmente de esos platos sencillos que sobreviven a todas las modas gastronómicas. Quizá con los clásicos ocurra algo parecido. Llevamos siglos regresando a Sócrates, Séneca, Epicuro o Marco Aurelio porque siguen teniendo algo que decirnos. Son voces de largo eco. Lo clásico no es aquello que pertenece al pasado, sino aquello que el paso del tiempo no consigue agotar. Últimamente solo me intereso por lo eterno.

 

P.- Para terminar, Sócrates era un experto “preguntador”, ¿qué preguntas crees que nos haría hoy, por dónde empezaría…?

R.- Creo que Sócrates probablemente comenzaría haciéndonos la misma pregunta que hacía hace veinticinco siglos: «¿Qué clase de vida merece ser vivida?». Después miraría nuestros teléfonos y tendría trabajo para varios siglos.

Nos preguntaría por qué necesitamos mostrar continuamente nuestra vida a los demás; por qué confundimos estar informados con comprender; por qué aceptamos que un algoritmo decida lo que vemos; por qué defendemos opiniones que apenas hemos examinado; por qué queremos tener siempre razón; o por qué llamamos felicidad a tantas cosas que parecen hacernos profundamente infelices.

Pero sospecho que terminaría llevándonos hacia la pregunta que estaba detrás de todas sus preguntas: ¿estás viviendo la vida que realmente consideras buena o simplemente la vida que otros han elegido por ti?

Sócrates incomodaba porque obligaba a mirarse. Dos mil quinientos años después, seguimos teniendo muchas formas de evitar esa mirada. Y precisamente por eso seguimos necesitándolo.